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Joe Biden: Primera semana en la silla

Rielley Duckworth



Foto: Patrick Semansky / Pool via Getty Images


Joe Biden juró al cargo como presidente de los Estados Unidos este último miércoles al mediodía frente al lado oeste del Capitolio estadounidense. Colocando su mano sobre una antigua biblia sostenida por su esposa, la Dra. Jill Biden, el presidente electo repitió el juramento de oficio administrado por el presidente de la Corte Suprema John Roberts. Mientras Biden terminaba su juramento con la frase “Dios me ayude”, una nueva administración presidencial nacía.

Joseph R. Biden, Jr. toma posesión de la oficina más alta de su país durante una época de agotamiento, pánico y trauma. La nación ha sido gravemente afectada por la pandemia del Covid-19, desgarrada por divisiones partidistas, desgastada por una elección difícil, y, solo hace tres semanas, sacudida por un asalto al mismo Capitolio en donde la ceremonia inaugural tuvo lugar. Vale decir que muchos estadounidenses estaban esperando un mensaje de esperanza.

El público de la ceremonia de investidura fue pequeño. Por razones relacionadas con la pandemia y la seguridad, solo los invitados podían asistir. Junto a los Biden también estaban la nueva vicepresidenta Kamala Harris y su esposo Doug Emhoff, y los otros invitados consistían en miembros del Congreso, jueces de la Corte Suprema y los expresidentes Barack Obama, George W. Bush y Bill Clinton, entre otros. En cuanto a los servicios religiosos, asistieron dos amigos pastores del nuevo presidente: el padre Leo O’Donovan de la Universidad Georgetown (un sacerdote católico para el segundo presidente católico del país) quien estuvo ahí para iniciar la invocación junto al reverendo Silvester Beaman de la iglesia Bethel de la denominación Episcopal Metodista Africana quien fuese el encargado de dar la bendición (un ministro de una iglesia negra para la primera vicepresidenta afrodescendiente). Para el entretenimiento de los asistentes, las actuaciones musicales de Lady Gaga, Jennifer Lopez y Garth Brooks deleitaron al público.

Como era de esperarse el notable ausente de los procedimientos fue el presidente saliente Donald Trump, quien aún no había reconocido formalmente su pérdida electoral a Biden y que estaba enfrentando un juicio político por su papel en la incitación del asalto al Capitolio. Trump había salido de la Casa Blanca más temprano esa mañana y volado a la Base Conjunta Andrews, donde dio un discurso principalmente de autofelicitaciones a su familia y partidarios. Deseándole suerte a la nueva administración sin mencionar a Biden por nombre, subió a bordo a Air Force One con su esposa, Melania, y salió de la capital por última vez como presidente. Fue la primera vez en más de 150 años que un presidente saliente boicotea la inauguración de su sucesor.

Después del juramento, el nuevo presidente subió al podio y procedió a dar el discurso inaugural. Empezando con saludos a los varios funcionarios e invitados congregados y predecesores, Biden pronunció una mezcla de elogio a lo bueno de la nación, en claro reconocimiento de los problemas graves que enfrentan al país, exhortaciones fuertes a la unidad y apelando a los mejores ángeles de nuestra naturaleza.

“Somos una gran nación y un buen pueblo'', dijo más temprano en su discurso. “A lo largo de los siglos, a través de tormentas y conflictos, hemos llegado tan lejos, pero todavía queda mucho. Vamos a avanzar con rapidez y urgencia, porque tenemos mucho que hacer en este invierno de peligro, mucho que reparar. Mucho que restaurar. Mucho que sanar. Mucho que construir. Mucho que ganar.”

Como la mayoría de presidentes modernos, Biden invocó a Abraham Lincoln, recordando lo que el decimosexto presidente dijo cuando firmó la Proclamación de Emancipación, “Si mi nombre pasa a la historia, será por este acto, y toda mi alma está en esto.” Repitiendo ese sentimiento, Biden dijo “Toda mi alma está en esto. Hoy, en este día en enero, toda mi alma está en esto: congregando a América.”

“Yo sé que hablar de la unidad puede parecer una fantasía tonta”, luego dijo, “Yo sé que las fuerzas que nos dividen son profundas y son reales, pero también sé que no son nuevas. Nuestra historia ha sido un conflicto constante entre el ideal estadounidense de que todos somos creados iguales y la realidad cruda y fea porque el racismo, el nativismo, el miedo y la demonización nos han desgarrado por mucho tiempo. La batalla es perenne. La victoria nunca está garantizada.”

El discurso duró veintiún minutos y fue dado en el estilo directo e informal por el que Biden es conocido, no en párrafos como los de su gran amigo el expresidente Barack Obama y con rastros del tartamudeo de infancia que dedicó en su vida temprana a superar. Termino con una frase simple: “Que Dios bendiga a América y que Dios proteja a nuestras tropas. Gracias, America.”

Aunque el tema del discurso fue sin duda la unidad, se puede argumentar que el verdadero trasfondo de la ceremonia fue el traspaso pacifico del poder, Un aspecto integral de la tradición política Americana y que muchos hoy en día no comprenden su significancia. Estadounidenses con un mínimo de conocimiento de la historia del país están acostumbrados a contar la historia de cómo cada presidente desde George Washington, al final de su presidencia, cedió pacíficamente la oficina a su sucesor. Sin embargo, a diferencia de otras inauguraciones, que celebraban las virtudes de la democracia estadounidense, esta ceremonia adoptó el significado de la tradición en una manera más deprimente, perfectamente entendible para una nación aún conmovida por un ataque sin precedentes incitado por un presidente que se negó a salir pacíficamente. Que ese fue el tema se afirmó claramente en un video en que aparecían los expresidentes Obama, Bush y Clinton, ofreciendo sus felicitaciones y mejores deseos para el nuevo presidente con breves odas a la tradición del traspaso pacifico. No mencionaron a Trump, pero tampoco necesitaban hacerlo . Sin el ataque al Capitolio y las afirmaciones falsas de Trump en las que insistía su triunfo en las elecciones, con tal énfasis en la ?orde de una tradición democrática probablemente no habría sido necesario.

En la semana que ha pasado desde la ceremonia, ha habido una oleada de actividad en la Casa Blanca mientras Biden ejerce los poderes de su oficina para enfrentar múltiples crisis y anular algunas políticas de la administración anterior. En sus tres primeros días como presidente, firmó treinta órdenes ejecutivas que, entre otras cosas, ordenaron el uso de tapabocas en propiedad del gobierno federal, anunciaron el reentrado del país al Acuerdo de París, paró la salida de la OMS, reversaron la prohibición de viajar que Trump ordenó contra una variedad de países musulmanes y detuvo la construcción del muro fronterizo que era una de las promesas más destacadas del expresidente.

Sobre todo, el desafío más crítico para la nueva administración es la pandemia de Covid-19, que sigue devastando el país a una tasa desproporcionada al resto del mundo, con más de 400.000 muertes en un año. Para enfrentar esta pérdida masiva de vidas, Biden ha anunciado un objetivo de administrar 100 millones de vacunaciones en sus primeros cien días como presidente. Para que tenga éxito un esfuerzo así sería necesario que al menos un millón de vacunaciones sean administradas al día, un logro que, según expertos médicos, es muy ambicioso pero dentro de lo posible.

Más desafíos se sitúan en el Congreso, donde el juicio político de Trump probablemente aumentará tensiones partidistas y constituirá un brutal golpe de realidad contra la elevada retórica de Biden sobre una nación unida. El juicio comenzará el 8 de febrero y las líneas de batalla están siendo delineadas ahora mismo entre los senadores que decidirán el veredicto, cincuenta demócratas y al menos cinco republicanos parecen dispuestos a condenar al expresidente. Sí diecisiete republicanos votan a favor, se logrará el umbral de las dos terceras partes para condenar a Trump, abriendo la posibilidad de prohibirle volver a competir por el cargo.

En cualquier caso, Biden está enfrentando un trabajo muy difícil que va a agotar la cordura de la nación. Los próximos meses demostrarán si la América en la que cree Joe Biden surgirá o si requerirá más que sólo discursos para unificar al país durante una época difícil.


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